Los capitalistas cuentan con una larga historia de explotación y opresión, de guerras y represiones, de conquistas y genocidios. En la defensa de un sistema que llega a todos los rincones del mundo, donde se impone la lógica del mercado, le han declarado la guerra a todo aquel que cuestione sus intereses. Los capitalistas, como dueños de las fabricas, instrumentos, herramientas, maquinarias, es decir, como poseedores de los medios de producción de toda la sociedad y de todas las empresas de distribución, el comercio y las finanzas, cuentan con una enorme masa de hombres y mujeres que, para decirlo sin vueltas, trabajan para ellos durante toda su vida. Los dueños de los medios de producción y los que no poseen más que su fuerza para trabajar, los capitalistas y los trabajadores, respectivamente, constituyen dos clases antagónicas, enfrentadas por sus intereses. Según Lenin: “El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliable”. Pero para “contener” ese carácter irreconciliable de las clases, el Estado aunque se muestre como tal, no se ubica de manera neutral. Para Marx: “El Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases”. Es decir, que la “amortiguación” de los choques entre las clases surge de afianzar la opresión de una clase sobre la otra, de quitarle a una de las clases la posibilidad de enfrentar a la otra. La lucha de clases, entonces, no es más que expresión de ese carácter irreconciliable de las clases y por eso buscamos unirnos y organizarnos con los trabajadores, de manera independiente, contra el Estado de los capitalistas y sus instituciones. Para luchar por nuestras demandas, para terminar con la desocupación, los bajos salarios y el trabajo en negro, para poner fin a la decadencia de la salud y la educación públicas, para dar vivienda a todos, para liberar a la nación de los lazos que la atan al imperialismo, para conquistar la autodeterminación de los pueblos originarios, hace falta atacar los intereses de los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, nacionalizando la banca para evitar la especulación, estatizando bajo control obrero las ramas estratégicas de la economía (siderurgia, automotrices, puertos, aceiteras, gas, minería, petróleo, ferrocarriles, etc.), repartiendo las horas de trabajo entre todos y con el mismo sueldo, expropiando a los principales terratenientes, a las privatizadas, dejando de pagar la deuda al FMI y a los buitres del Club de París, luchando por el retiro de las tropas argentinas de Haití y la expulsión de los ingleses de Malvinas. Sólo así será posible encarar la resolución integral de las demandas obreras y populares.

Inclusive la búsqueda de riquezas y ganancias como fin último de la actividad productiva lleva a que el sistema de producción capitalista explote de manera completamente irracional los recursos naturales, repercutiendo en la destrucción del medio ambiente, aun cuando en nuestros días las tecnologías disponibles permitirían el uso de energías renovables a gran escala. Sin embargo, en el último siglo, las potencias imperialistas y las grandes multinacionales han profundizado el saqueo de los recursos naturales, principalmente en los países semicoloniales, provocando un salto en la destrucción de la naturaleza. Las distintas consecuencias ambientales colocan en una situación de vida o muerte a amplios sectores de la población mundial, siendo siempre los más pobres aquellos que pagan con mayor rigor y bestialidad las condiciones que esta depredación provoca. En el campo argentino, por ejemplo, se extienden los efectos destructivos sobre la naturaleza con monocultivos, transgénicos, deforestación, pérdida de biodiversidad, degradación de los suelos, repercutiendo directamente en sectores de la población con enfermedades, malformaciones, pueblos originarios expulsados y perseguidos, explotación infantil (los llamados “niños banderas”, que son usados como señales para fumigar los campos con pesticida), etc. En el sector industrial, empresas como Shell, Techint, Esso y Coca Cola son una gran fuente de desperdicio, por suelo, aire y agua, con el cinismo, además, en muchos casos, de declararse “socialmente responsables”, esto es, echar afluentes de todo tipo a las cuencas de los ríos, lanzar gases tóxicos varios, enterrar sus desechos en zonas linderas a las habitadas por seres humanos, entre otras calamidades.

Proponer una solución a la mayoría de los problemas ambientales implicaría que las grandes empresas relacionadas con el petróleo, la energía, la minería, la agricultura, la ganadería, la pesca o el transporte tengan que ceder gran parte o toda su ganancia, por lo que el problema del medio ambiente no tiene solución posible dentro de los limites del desarrollo capitalista. Por lo tanto, el problema de una “planificación” debe ser emprendido mediante un programa transicional, que incluya el control obrero de los medios de producción y una planificación racional del uso de recursos naturales.

Contra esa enorme máquina de explotar que es el capitalismo, nuestro objetivo es ambicioso. Queremos expropiar a los expropiadores. No queremos maquillar su sistema de miseria. Los trabajadores y estudiantes de la Juventud del PTS luchamos por una revolución social y nos organizamos aportando a la construcción de un partido revolucionario que se ponga a la cabeza de las masas trabajadoras y explotadas, en el camino de la lucha por un Estado propio de los trabajadores, un gobierno de los trabajadores. Como dijo León Trotsky, defensor de la estrategia revolucionaria de Marx, Engels, Lenin y Rosa Luxemburgo, nuestro objetivo es el socialismo; nuestro método, la revolución proletaria. Los representantes políticos de los capitalistas garantizan bajo distintas formas institucionales los negocios de los banqueros, empresarios, especuladores y todo tipo de tránsfugas. En la democracia en la que vivimos, una minoría de funcionarios, diputados, secretarios y burócratas de todo tipo, donde el presidente casi tiene estatus de Rey, deciden por millones entre elección y elección. Llamándonos a votar cada cuatro años, buscan legitimar las decisiones que son tomadas por unos pocos. Desde la Constitución misma se deja en claro que el rol que le asignan a los explotados es el de espectadores pasivos del baile de otros: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de sus representantes”, porque a nada temen más que a que los trabajadores y los jóvenes nos levantemos pidiendo por lo nuestro. Aun así, y aunque muchas veces ellos mismos levanten los principios de esta “democracia” como algo intocable, en los momentos en que sus negocios peligran, no tienen ningún problema en acudir a las fuerzas militares para que mantengan el orden. En Argentina, por ejemplo, muchos de los que hoy hablan del “respeto por las instituciones democráticas”, en 1976 no dudaron en impulsar y protagonizar un golpe militar que masacró a una generación militante, desapareció a treinta mil compañeros y se encargó de dejar al país atado a los intereses del imperialismo. Los mismos que impulsaron ese golpe, la Sociedad Rural o la UIA, los que montaron campos de concentración en sus propias empresas, como en Ledesma hicieron los Blaquier o en Acindar la familia Acevedo, son quienes hoy ganan millones bajo esta “democracia”.

Y porque los políticos de la burguesía y sus instituciones no pueden resolver los grandes problemas sociales que están planteados, apostamos a que la clase obrera que desde hace años se viene poniendo en pie pueda en la próxima crisis encabezar una alianza de todos los explotados y oprimidos dispuesta a ir hasta el final en la lucha por nuestros derechos, no sólo echando a los gobiernos antiobreros y antipopulares (como pasó con De la Rúa) sino preparándose para derrotar a sus fuerzas represivas y poder imponer un verdadero gobierno de los trabajadores y el pueblo pobre, basado en consejos o coordinadoras democráticas de base de trabajadores urbanos y rurales. Contra la “democracia” para ricos y parlamentos corruptos, un gobierno basado en la autoorganización de los trabajadores y el pueblo, con delegados elegidos en los lugares de trabajo y de estudio, sería un millón de veces más democrático que cualquiera de las formas con que nos vienen gobernando, adicta al fraude electoral, los golpes de Estado y la corrupción.

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