Un proyecto revolucionario de juventud implica contar con un armazón teórico, con un programa y una política correcta, esto es, sobre todo, un punto de vista anticapitalista, de enfrentamiento al Estado.

En este punto existe un debate con algunas corrientes que se reivindican de la izquierda, como el FPDS y La Mella, que sostienen una militancia “independiente de los partidos políticos” (sin distinguir entre los partidos de los explotadores y los partidos de los explotados al servicio de sus luchas), donde la pelea por la “miseria de lo posible” ha reemplazado toda perspectiva de terminar con el Estado de los capitalistas.

Así, basan su militancia en un intento por asistir a los problemas que el capitalismo genera, paliar “lo malo” del capitalismo, pero no enfrentarlo de raíz. Las conquistas que los trabajadores y las mayorías populares pueden conseguir bajo el capitalismo, las mejoras en el nivel de vida de las masas que aun bajo este sistema se pueden conquistar con la lucha, que pueden ser importantes pero nunca acabar con la explotación y la miseria de millones, se transforman entonces en un fin en sí mismo, desconectado de la lucha por tirar abajo el Estado de los explotadores. Esta práctica está profundamente orientada por el sentido común que se impuso durante el neoliberalismo: que el movimiento obrero no sería ya el sujeto capaz de revolucionar la sociedad. Y estas corrientes, que en sus orígenes especulaban con generar “contrapoderes”, montando emprendimientos autónomos del Estado o administrando otras veces la asistencia social de ese mismo Estado, hoy se han vuelto profundamente estatistas, apoyando de conjunto a gobiernos como el de Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador e incluso Lugo en Paraguay. Tanto en el “socialismo con empresarios” de Chávez (amigo del dictador Kadafi que masacra al pueblo de Libia y que viene de entregar miembros de las FARC al fascista “amigo” suyo Santos, presidente de Colombia), como en el “capitalismo andino” de Evo, los años de gobierno han demostrado que su proyecto es de convivencia con los capitalistas y las grandes empresas responsables de la explotación de millones de trabajadores, mientras la inflación galopa y se come el poder adquisitivo. Ahí está el intento de Evo Morales a fines del 2010 de aplicar un aumento en el precio de los combustibles que repercutía en los precios de las mercaderías con las cuales el pueblo boliviano se sustenta, intento que tuvo que ser desactivado por la enorme movilización contra la medida del Gobierno. Por último, en nuestro recorrido por los gobiernos latinoamericanos, los compañeros del FPDS y La Mella siguen empeñados en buscar los aspectos “buenos” del gobierno de Cristina Fernández, y sostienen la vieja muletilla de que el “enemigo principal” es la derecha, mientras el kirchnerismo alista burócratas, organiza punteros y legitima a gobernadores asesinos. Así, convierten la sana inquietud de jóvenes que quieren atacar la miseria del capitalismo, mediante la alfabetización o el trabajo barrial, en una estrategia de coexistencia pacífica con el capitalismo como sistema de opresión y explotación, con un Estado que garantiza tener regularmente nuevos Kosteki y Santillán, cuando los oprimidos sacan los pies del plato. Por eso tampoco está en su horizonte la necesidad de unirse a la clase que lo puede enfrentar y superar: los trabajadores. Esta definición ha llevado a corrientes como La Mella o el FPDS a desestimar la necesidad de volcarse con todas las fuerzas a conflictos obreros muy importantes, dándole mayor peso a una actividad rutinaria en los centros de estudiantes, que administran como si fueran espacios de servicios.

Por su parte, el Partido Obrero, que sostiene un programa político similar al de la Juventud del PTS, y con quienes compartimos el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, mantiene desde hace años una estrategia de construcción de partido basada en la administración de los planes de asistencia a los desocupados brindados por el Estado, la gestión burocrática en los centros de estudiantes de fotocopiadoras y bares, tomando con un discurso de izquierda métodos que impuso la Franja Morada desde los años ´80, y un marcado electoralismo. Desde su vuelco al movimiento piquetero, en el que no faltaron los métodos clientelares, abandonaron toda perspectiva seria de construirse en los sectores principales del movimiento obrero, como la gran industria y los servicios. Por eso, cuando el movimiento de desocupados retrocedió, el PO quedó sin jugar ningún rol cualitativo en el nuevo fenómeno que los medios han denominado “sindicalismo de base”. Transformemos la debilidad en virtud, dijeron los compañeros del PO, y pasaron a autodenominarse “partidorecontraestudiantil” en su propia prensa, haciendo gala de su intervención en el movimiento estudiantil, y en la FUBA particularmente, donde están abocados a administrar espacios de gestión, muy lejos del proyecto de una juventud revolucionaria que se plantee seriamente la necesidad de la unidad obrero-estudiantil como una tarea cotidiana. Por otro lado, conducen la FUBA, aliados a un sector de la izquierda que no confronta con los K (La Mella) y con los amigos y aliados de la centroizquierda sojera (MST, PCR y Libres del Sur).

Además, el burocratismo, que en los congresos de la FUBA vacíos de participación es moneda corriente, en los conflictos se expresa de manera aún más cruda, y los ha llevado a boicotear el surgimiento de espacios de autoorganización, como durante el conflicto del 2010, cuando se opusieron al surgimiento de la Asamblea Interestudiantil que impulsamos desde el PTS y que logramos poner en pie junto a cientos de activistas que veían la necesidad de un organismo de este tipo para superar a la conducción de la FUBA. Esa práctica ha cristalizado en una lógica donde lo que importa es la definición de las fuerzas políticas y no el peso o las opiniones del activismo. Y en los pocos lugares del movimiento obrero donde este partido interviene, esta política se repite, como en el conflicto del Roca donde le dieron la espalda a las asambleas de los tercerizados, tomando medidas descolgadas de la base.

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