En el norte de África y Medio Oriente, el 2011 llegó con una crisis de magnitud en la estabilidad de regímenes que gobernaban la región con mano de hierro. A casi tres años del comienzo de la crisis capitalista internacional que llevó a la quiebra de grandes bancos y financieras internacionales, la irrupción de las masas árabes marca un nuevo momento de la situación internacional. Primero habíamos visto la resistencia en Grecia contra los ajustes, en Francia contra la extensión de la edad jubilatoria, en Inglaterra contra el aumento de los aranceles educativos. Y cuando los poderes centrales de Europa veían asustados en sus propios países a un movimiento juvenil adoptando métodos de lucha, piquetes, movilizaciones y enfrentamientos con la policía, la rebelión del mundo árabe hizo su aparición.

Túnez dio el primer paso, y toda la bronca se hizo sentir en Egipto, dejando afuera de la historia a un dictador aliado de Estados Unidos, Mubarak, que durante más de treinta años sometió a un pueblo entero. Fueron dieciocho días de rebelión que conmovieron al mundo. La entrada en escena de la clase obrera, con manifestaciones y huelgas en sectores estratégicos como el Canal de Suez, fue el factor decisivo para inclinar la balanza hacia la caída de Mubarak. Hoy la rebelión se extiende a otros países de la región. En Libia, el levantamiento de una importante región del país contra el dictador Kadafi, ex nacionalista devenido agente de las potencias imperialistas, llevó a la intervención militar de la OTAN tomando la bandera “humanitaria” e imponiendo un carácter reaccionario al bando anti-kadafista. En Siria, la represión brutal del régimen no ha detenido las movilizaciones masivas. Lo mismo pudo verse en Yemen. La palabra revolución, que los ideólogos a sueldo de los medios de comunicación quisieron enterrar durante décadas, está en boca de todo el mundo, porque la clase obrera, el pueblo pobre y la juventud de Egipto, Túnez y otros países irrumpieron en la escena histórica para decidir su propio destino.

El proceso revolucionario abierto en el mundo árabe profundiza los problemas de la decadencia de hegemonía imperialista que viene arrastrando EE. UU. y reafirma a su vez que estamos viviendo el comienzo del fin de la etapa de restauración burguesa que dominó la escena internacional durante los últimos treinta años, cuando la ofensiva neoliberal arrasaba con grandes conquistas de la clase obrera, y avanzaba con la restauración del capitalismo en los Estados donde había sido expropiado, como la URSS, China y los países de Europa del Este, que venían siendo carcomidos desde adentro por las propias burocracias estalinistas que los gobernaban. Las crisis, las guerras y las revoluciones que Lenin definió como características de la época imperialista del capitalismo vuelven a aparecer ante nuestros ojos, todavía sin la magnitud con la que lo hicieron a comienzos del siglo XX, pero destapando todas las contradicciones que encierra este sistema de miseria y explotación. Las potencias imperialistas, con EE. UU. a la cabeza, son conscientes también de esta realidad y detrás de cada uno de sus movimientos aparece la voluntad de derrotar todo intento de cuestionamiento al orden burgués, en sus propios países pero también en los que consideran sus patios traseros. En Latinoamérica, en África, en Asia, son decenas los países donde la vida de millones está puesta al servicio de mantener las cuantiosas ganancias de un puñado de capitalistas que, como dueños de los grandes monopolios y oligopolios imperialistas, o a través de los préstamos usureros que conforman las interminables deudas externas, manejan los destinos de millones. Las bombas de la OTAN cayendo sobre Libia, los misiles de Israel impactando en las pobladas calles de Palestina, los marines yanquis en Irak, las bases militares norteamericanas en Colombia y las británicas en las Islas Malvinas, la V Flota norteamericana en las costas de Bahréin, las tropas de la Minustah en Haití, son sólo algunas de las muestras más brutales de la injerencia que el imperialismo despliega en todos los rincones del mundo. Una juventud revolucionaria no puede más que levantar bien alto las banderas del antiimperialismo como parte de la lucha internacional de los trabajadores y el pueblo contra los explotadores imperialistas.

Pero, como decía Marx, es el propio capitalismo el que ha engendrado a su sepulturero: en nuestra época, contra todas las voces que gritaron su desaparición, se extiende por el mundo una clase obrera de más de tres mil millones de asalariados que, más allá de las divisiones de origen étnico, cultural o nacional, tiene la potencialidad para terminar con este orden de explotación, ya que sólo por la fuerza de su trabajo funciona el conjunto de los medios de producción y de cambio de todo el planeta. Desde la Juventud del PTS, junto a jóvenes de organizaciones hermanas que luchan por las mismas ideas que nosotros en Brasil, Bolivia, Chile, Venezuela, México, Costa Rica, España y Francia, nos sentimos parte y reivindicamos lo mejor de la tradición de la lucha internacional de la clase obrera, cuya máxima expresión fueron las Internacionales obreras en sus períodos revolucionarios: la Primera fundada por Marx y Engels, quien a su vez fue fundador también de la Segunda; la Tercera Internacional, fundada por Lenin y Trotsky, quien luego fundó en 1938 la Cuarta Internacional, contra la degeneración estalinista. Cada paso parcial que damos lo hacemos con el norte de la reconstrucción de la Cuarta Internacional, ya que en su programa se concentran las experiencias de lucha de millones de trabajadores, de revoluciones triunfantes, pero también de grandes derrotas. De enormes gestas del movimiento obrero y revolucionario internacional de combates contra el poder de la burguesía, pero también de batallas contra las traiciones de las burocracias estalinistas que expropiaron los triunfos de los trabajadores llevando inmensas experiencias a la derrota, como hoy está intentando reproducir la burocracia castrista en Cuba y ante lo cual le oponemos el programa de la revolución política, defendiendo las conquistas de la revolución contra la restauración capitalista.

Queremos construir en nuestro país una juventud que se prepare para seguir el camino de los miles de revolucionarios que dieron su vida por construir partidos nacionales e internacionales revolucionarios, para derrotar el poder de los capitalistas para que, cuando ese “basta” gritado por millones se haga sentir nuevamente en nuestro país, estemos preparados para triunfar.

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