“He aquí lo que queremos:

La independencia del arte –por la revolución;

la revolución –por la liberación definitiva del arte.”

André Breton y León Trotsky

Manifiesto por un arte revolucionario independiente (1938)

 

Mientras escribimos estas palabras el corazón del capitalismo está en crisis y los analistas ensayan explicaciones para no decir lo evidente: lo que provoca el descalabro no es solo la manera “neoliberal y desregulada” de “manejar la economía”, es el sistema capitalista el que demuestra que no va más…

“Por un lado, surgieron fuerzas industriales y científicas jamás sospechadas por ninguna época histórica anterior. Por el otro, hay algunos síntomas de decadencia que superan ampliamente las brutalidades del imperio romano. Hoy en día todo parece llevar adentro su propia contradicción. Vemos que las máquinas, dotadas de la propiedad maravillosa de acortar y hacer más fructífero el trabajo humano provocan el hambre y el agotamiento del trabajador. Las fuentes de riqueza descubiertas se convierten, por un encantamiento extraño, en fuentes de privaciones. Los triunfos del arte parecen adquiridos al precio de venderse moralmente… Este antagonismo entre la industria y la ciencia modernas, por un lado, y la miseria y la decadencia modernas, por el otro; este antagonismo entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de nuestra época es un hecho, algo palpable, angustiante…”. Esta denuncia de Marx es increíblemente más actual ahora que en 1856.

A principios del siglo XXI el capitalismo puso otra vez la cultura en la encrucijada. La cultura es todo lo que fue creado, construido, aprendido, conquistado por el hombre a lo largo de su Historia y que podría traer bienestar y desarrollo para todo el mundo; y sin embargo mucho de ella se vuelve contra nosotros por la irracionalidad de un sistema que está en manos de empresarios industriales, financieros y especuladores, toda una clase social dominante que persiguen solamente el lucro a costa del trabajo dela mayoría. El arte que expresa la parte más sensibles de la cultura, la pasión de jugar, de conocer y descubrir, de divertir y cuestionar nuestra vida, será golpeado junto a nuestros pueblos sobre quienes caerán los costos de la crisis.

La crisis mundial del capitalismo que está en desarrollo tendrá consecuencias profundas que marcarán los próximos años. Son acontecimientos de características históricas. El cine de Hollywood que invadió las pantallas con decenas de films sobre catástrofes naturales que ponían al mundo al borde del abismo está siendo superado por la realidad: no son asteroides ni tsunamis, ni glaciaciones ni marcianos… son burgueses. Todos los valores de esa clase social están a la vista: mientras sostienen el culto al dinero, los gobiernos imperialistas no dudan en regalar “megasalvatajes” a quienes causaron la crisis, y sugerir que nos preparemos para una época de privaciones. Ya hay anuncios de despidos masivos en empresas de todo el mundo causados por la “recesion mundial” y comienzan a darse en Argentina. Pero mas aún: acompañando el desastre social en los tiempos que vienen, seguramente los “valores culturales” de la burguesía se van a reforzar, con una mayor criminalización de la pobreza y la miseria, con saltos en la censura, más restricciones a la libertad de expresión, y hasta la agitación mediática alentando mas discriminación o xenofobia como manera de intentar manipular el descontento o frenar la protesta. Nada se puede esperar de los gobiernos del mundo. Los trabajadores y los pueblos, y junto a ellos los artistas y trabajadores de la cultura, los estudiantes, vamos a tener que organizarnos para enfrentar este ataque.

Es en esta nueva situación que escribimos este llamado, con el propósito de abrir el debate sobre nuestro rol y llamar a la organización de quienes sientan reflejados en él sus sentimientos.

El arte debe volver a enfrentar al capitalismo

 

En nuestros días, aprisionado en el mercado y el conformismo, podemos definir la situación general de la producción artística como de estancamiento y apatía. Pero no fue esa siempre la situación bajo el siglo XX donde artistas plásticos, cineastas, actores, poetas, libraron batallas junto a los trabajadores para liberase del capitalismo y liberar en ese mismo acto la creatividad. Seguramente muchas de las prácticas actuales y sobre todo las ideas dominantes en el mundo del arte serán sacudidas en los años que vienen.

 

¿Cuál es el esquema en el cual pretenden encerrarnos? El esquema que no es abordado profundamente en la crítica de las revistas culturales o las asociaciones de artistas, y en función del cual las escuelas e institutos de arte organizan sin crítica sus planes de estudio y orientación:

Varias empresas controlan un mercado restringido de compra/venta de obras, incluyendo la distribución en circuitos de exhibición e “incentivos” vía subsidios o “premios”. Dependiendo de las distintas disciplinas esto se traduce en festivales auspiciados por grandes “marcas” para compartir escenario con “estrellas”, en concursos o competencias para exponer en “salas prestigiosas”, en pautas estrictas para acceder a salas de Cine o la TV, etc. Incluso grandes corporaciones multinacionales de los países imperialistas se hacen de enormes ganancias con los talentos de artistas, de hombres y mujeres de la cultura. Hasta algunas casas de subastas de arte se vanagloriaron en medio de la crisis porque no caían los precios de las obras mientras se derrumbaban las bolsas. Lo significativo no es la extensión de este mercado, que aunque mueve millones de dólares, deja afuera a la mayoría de los artistas y las manifestaciones culturales; lo significativo es que hasta ahora han logrado hacer creer a la mayoría que ese debería ser el destino final de las obras… incentivando la competencia y la idea de que la realización del artista llegará siendo parte de este ámbito destinado tan solo a “un puñado de consagrados”; minando así la capacidad crítica, fomentando la idea de la producción alejada del compromiso social.

Las políticas del Estado se entrelazan con estas iniciativas privadas y los gobiernos mismos lucran o utilizan las “producciones simbólicas”, para recubrirse con un aura “progresista” o “popular” como sucede en la Argentina K y otros países de América Latina. Así las instituciones estatales de fomento se convierten en el terreno de acción de las empresas y el “lobby” y se empuja a las asociaciones a integrarse en ese esquema de competencia.

En concreto tanto los capitalistas individuales como el Estado utilizan en beneficio propio al arte, dándole la importancia de acrecentar sus ganancias o aumentar su “imagen pública”. Y el acceso a este mercado es estrictamente para consumo de las clases medias y sectores acomodados, disponible solo en los centros de las grandes ciudades, mientras la enorme mayoría del pueblo trabajador que hoy sufrirá la crisis, apenas si tiene tiempo y fuerzas para disfrutar del “arte” (y mas alejado está aún de acceder a producirlo).

 

Pero para nosotros la verdadera naturaleza del arte está en otra parte. Como decían Bretón, Trotski y Rivera en el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”:

“… tenemos una idea muy elevada de la función del arte para rehusarle una influencia sobre el destino de la sociedad”.

Si hoy el sistema está en crisis, si esa crisis seguramente acrecentará la competencia entre los Estados capitalistas por salvarse mientras tiran las consecuencias sobre nosotros, podemos estar seguros que vamos a vivir nuevas convulsiones sociales; llamamos a rescatar del pasado esos grandes momentos de inspiración donde el arte respiró libremente uniendo revuelta cultural con revolución social.

 

A principios del siglo XX cuando lo reaccionario del imperialismo quedó en evidencia con la masacre de la primera guerra mundial, adquirieron nueva energía movimientos que impugnaban las tradiciones, la vida cotidiana, la autoridad, y “la cultura” toda. Algunos de ellos se unieron a la esperanza desatada con el triunfo de la Revolución Rusa. Así se desarrollaron movimientos artísticos y culturales profundamente políticos que se enfrentaron a la rigidez académica, se entusiasmaron con el desarrollo de nuevas tecnologías a su alcance y se esperanzaron con la proximidad real de la revolución. En esos años los surrealistas franceses idearon un slogan que resumía el “espíritu de la época”: intentando fusionar el llamado de Arthur Rimbaud, “cambiar la vida”, con la consigna lanzada por Marx, “transformar el mundo”… “estas dos contraseñas son para nosotros una y la misma”, afirmó Breton.

La Revolución Rusa no sólo demostró que por primera vez las masas trabajadoras de la ciudad y el campo podían poner en pie su propio gobierno, expropiando a la burguesía “nacional” y extranjera, sino que en cuanto a la educación de las masas, y al desarrollo del arte y la cultura, había todo un “mundo nuevo” por hacer. Lo mismo pasó en las revoluciones que siguieron. Comenzó una enorme tarea educativa ante las grandes masas de la ciudad y el campo: el arte fue llevado a las calles, plazas, fábricas y aldeas. Millones de obreros y campesinos participaron activamente de una verdadera revolución cultural, generando las condiciones para un salto cualitativo en la elaboración artística. La revolución en todos los órdenes de la vida: en el trabajo y en la vida cotidiana. En Rusia fue un enorme proceso creativo que duró hasta fines de la década del ’20 cuando la reacción stalinista minó por dentro la revolución.

 

En la segunda mitad del siglo XX, entre muchos procesos de cuestionamiento al imperialismo, Cuba, Vietnam, el “Mayo Francés”, las movilizaciones estudiantiles de Tlatelolco en Mexico, la “primavera de Praga”, el Cordobazo en Argentina… otra vez se desataron movimientos que en todo el mundo cuestionaron la “cultura oficial”. Nuevamente se retomaría esa combinación que buscaba en un mismo acto cambiar el mundo y la vida. La frase tan recordada del “Mayo Francés”, “la imaginación al poder” decía completa: “Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de la alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo original. ¡La imaginación al poder!”

 

En distintos momentos del siglo XX la lógica que expresó el arte fue la misma: cuando la revolución social y la revuelta cultural tienden a coincidir, “la cultura” respira una bocanada de aire fresco y deja huellas que son imborrables.

Salir del laberinto de la oferta y la demanda

 

Pero aunque las revoluciones del siglo XX no vencieron a este sistema estamos enfrentados a la idea de que ya no habrá mas revoluciones. Fue con las derrotas en la lucha de clases que el mercado recuperó la iniciativa para poner las cosas “en su lugar”, o al menos el lugar que el capitalismo quiere imponerle a la producción artística.

 

Como señaló León Trotsky en Literatura y Revolución, en esta sociedad clasista “toda obra de arte auténtica implica una protesta contra la realidad, protesta conciente o inconsciente, activa o pasiva, optimista o pesimista. Cada corriente artística nueva comienza con la rebelión. El poder de la sociedad burguesa se ha expresado durante largos períodos de la historia, al saber combinar la presión y la exhortación, el boicot y los halagos, para lograr disciplinar y asimilar cada movimiento artístico ‘rebelde’…” (“El arte y la revolución”, 1938).

En el siglo XX cada golpe contra la revolución creó las condiciones políticas para que el arte fuera llevado progresivamente a donde está hoy: en el laberinto de la oferta y la demanda. Llamamos a enfrentar y cuestionar en cada lugar, esa mercantilización que es incompatible con la producción artística.

 

Como explicaba el historiador marxista Christopher Caudwell (en sus trabajos de 1930), la burguesía “sólo reconoce un proceso social, la producción de mercancías, y un vínculo social, el mercado…”. “Por eso le parece atroz cualquier intento de conciencia social que implique necesariamente la manipulación de los deseos, es decir, de ‘las leyes’ de la oferta y la demanda. Pero en esto consiste precisamente el arte, en la manipulación o disposición social de los deseos y, por ende, de las leyes de la oferta y la demanda. El arte otorga valores que no son los del mercado, sino valores de uso. El arte hace que las cosas ‘baratas’ sean preciosas y que unas salpicaduras de pintura constituyan un tesoro social.

De ahí que el mercado sea el enemigo mortal del artista. El trabajo ciego del mercado asesina a la belleza…” (La agonía de la cultura burguesa).

 

Los últimos 20 años de frenético neoliberalismo, que están terminando con una crisis económica general que solo traerá penurias para el pueblo, también hicieron crecer la idea posmoderna de que vivimos en un mundo sin esperanza y sin sentido, donde la explotación y las represiones, la desigualdad estructural y la competencia entre hombres, es imposible de superar. La represión abierta de otros tiempos, sobre la que se asentaron esas ideas, terminó por dar paso a un mecanismo más “sutil” de moderación y encasillamiento, pero no por eso menos nocivo para la creatividad: la idea de que el arte puede producirse “libremente” bajo las normas del mercado.

Llamamos a enfrentar todo conformismo con la realidad actual, la idea posmoderna del “fin de la historia” buscan quitarnos un pasado en el cual referenciarnos e inspirarnos, de esta manera intentan quitarnos la posibilidad de pensar un futuro totalmente distinto y pretenden condenarnos a un presente capitalista interminable y recurrente, que solo demuestra acarrear miserias y crisis.

La independencia del arte por la revolución

 

Hoy en día el llamado a “la independencia del arte” que realizó el “Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente” pasa por enfrentar al mercado y sus condicionamientos, por enfrentar al Estado y la utilización que hace de la “producción simbólica”.

 

La creación artística necesita completa libertad e independencia para desarrollarse. El monopolio económico levanta en el terreno del arte un “monopolio artístico”, donde algunos artistas de talento (y otros no tanto) son quienes acceden a los medios materiales de creación, exhibición y circulación de sus obras, mientras la enorme mayoría apenas si puede producir con enormes condicionamientos y esfuerzos. Al mismo tiempo, contando con los grandes medios de difusión y propaganda, los empresarios del arte pueden “disfrazar” una obra, e inducir en el público “qué consumir”.

Pero si hoy son las leyes del mercado y los monopolios son los que “dirigen” la producción artística, pautando lo que es bello y lo que es feo, separando lo atractivo de lo deplorable, decidiendo que estilo se alienta o se desalienta, ayer existieron otras imposiciones que son igual de inaceptables.

Muchas veces la izquierda es “acusada” de tener como objetivo la imposición de pautas rígidas a la producción artística, en la forma y el contenido de las obras; en realidad se trata de una falsedad que pone un signo igual entre el pensamiento revolucionario y las aberraciones que se llevaron adelante durante la era estalinista en la ex URSS, donde fue impuesto un “arte oficial”: el “realismo socialista”. Por el contrario, reivindicando la necesidad de la revolución, nos enfrentamos y denunciamos estas imposiciones, y la censura que la reacción interna produjo en los países donde las revoluciones fueron minadas desde adentro.

Es una enseñanza para el futuro tener en cuenta que en la Revolución Rusa (y con analogías en otros procesos revolucionarios como China) luego de un primer momento donde el desarrollo artístico y cultural tuvo un enorme empuje hacia delante, la formación de una casta burocrática en el poder (”el estalinismo”) canceló el desarrollo de las nuevas experiencias del arte y la libertad conquistada. León Trotsky escribiría luego: “La revolución de octubre dio un impulso magnífico al arte soviético en todos los campos. Por el contrario, la reacción burocrática ha aplastado el renacimiento artístico con su mano totalitaria (…) El arte de la época stalinista (el ‘realismo socialista’) quedará como la expresión más concreta del retroceso más profundo de la revolución proletaria” (“El arte y la revolución”, 1938).

Fue el estalinismo (y luego el maoísmo en China) quienes impusieron el “dirigismo” en el arte, condicionando el contenido y las formas de las obras, en beneficio de su permanencia en el poder burocrático del Estado.

Nosotros hacemos nuestras estas afirmaciones de Leon Trotski: “Un poder auténticamente revolucionario no puede ni quiere darse la tarea de ‘dirigir’ el arte, y menos aún darle órdenes, ni antes ni después de la toma del poder. Semejante pretensión sólo ha podido ocurrírsele a una burocracia ignorante, impúdica, ebria de omnipotencia, que se ha convertido en la antítesis de la revolución”.

La revolución busca la liberación del arte y no la subordinación a ésta.

La revolución por la liberación definitiva del arte

 

Hoy en día el sistema social que los apologistas del dinero decían que había triunfado desató la crisis económica más aguda desde 1929. Como decimos al comienzo de este llamado esa crisis será descargada sobre las espaldas de los trabajadores y los pueblos del mundo, es por eso que la cultura está en una encrucijada. Si el capitalismo trae sus crisis, también los gobiernos que hasta hoy hablaban sólo de “globalización armónica” y hasta “multiculturalismo”, van a empezar a competir entre ellos intentando tirarse los costos, y hasta descubrirán nuevos “choques de culturas” para justificar enfrentamientos.

Lo que falta revalorizar ante esta crisis de la cultura capitalista es la única salida: la revolución socialista. Las revoluciones del siglo XX mostraron que una verdadera revolución cultural que comience a cambiar todos los valores existentes, solo viene de la mano de la revolución social. Debemos recuperar esa perspectiva realista, cambiar el mundo para transformar la vida recuperando del pasado lo mejor de las experiencias revolucionarias.

Si retomamos nuevamente la idea inicial con la que comenzamos este llamado, donde Marx señala el antagonismo entre las maravillas industriales y científicas modernas por un lado, y la miseria y la decadencia modernas por el otro, podemos encontrar la clave hacia donde dirigir nuestros objetivos para los tiempos que vienen: destruir las relaciones sociales de explotación que engendran esa contradicción.

Hoy en día el desarrollo enorme del poder industrial, del transporte y los medios de comunicación, con la utilización de nuevas tecnologías, crea las condiciones para un desarrollo sin igual de la cultura de la humanidad. El ocio creador podría extenderse enormemente, repartiendo las horas de trabajo entre todos, reduciendo las jornadas laborales y produciendo al mismo tiempo bienes para toda la sociedad. No solo podría terminarse con el hambre en el mundo, con la falta de vivienda y salud, sino que se permitiría el acceso y la democratización completa de la producción y el disfrute del arte, elevando la creatividad a límites insospechados.

Pero las relaciones sociales capitalistas no solo no permiten esto, sino que actúan abiertamente en contra. Si para nosotros el arte no debe tener patrones que lo encasillen o dirijan, también luchamos porque la sociedad de conjunto se construya sin patrones.

Es la clase obrera, al frente de todas las demas clases subalternas y sectores oprimidos de la sociedad quien puede llevar adelante esta tarea. En el camino de la expropiación de todos los medios de producción, tambien los medios de comunicación, los cines, los teatros, las galerías, los estadios llegarán a las manos del pueblo y sus artistas.

Pero si no trabajamos de manera consciente con el propósito de lograr un cambio revolucionario, no hay mucho que hacer salvo “cantar” mientras el barco se hunde. El capitalismo no caerá nunca por su propia decadencia dando lugar a una nueva sociedad. Hace falta que todos aquellos que deseamos una mundo sin explotadores ni explotados nos unamos en una organización política revolucionaria que luche por esa perspectiva.

Desde Contraimagen, el agrupamiento de artistas donde confluimos militantes del PTS, compañeros y grupos independientes, llamamos a todos aquellos artistas, estudiantes y grupos que día a día emprenden la producción cultural “a pulmón” en las ciudades, barriadas, clubes y centros culturales a trabajar juntos y debatir estas ideas.

Desde Contraimagen queremos aportar a organizar esa fuerza creativa para participar activamente de los convulsivos tiempos que vendrán. No queremos participar como víctimas sino como creadores activos y revolucionarios, la única manera genuina del arte. Cientos y cientos de compañeros y compañeras que desarrollan su labor diaria pese a las trabas que impone el capitalismo tenemos la fuerza para organizarnos junto a la clase obrera y el pueblo, construir nuestra propia organización y aportar nuestro grano de arena para cambiar el destino del mundo.

 

Octubre de 2008